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Un ingeniero que ama las ventas. Imparto formación comercial en empresas tecnológicas. Cofundador de Entradium y Clever Consulting. Profesor en Deusto Business School y otros sitios. Te cuento más aquí.

El emprendimiento social es un problema

Las aventuras emprendedoras con un fin altruista crean más problemas de los que solucionan.

El complejo del salvador blanco.

Que la intención sea buena no implica que sus resultados también lo sean. Imagen extraída del vídeo Who Wants To Be A Volunteer?

Hace unos días fui miembro del jurado en una competición de jóvenes emprendedores. Después de que cinco chavales nos contaran cómo iban a cambiar el mundo, mis compañeros de jurado y yo nos retiramos a deliberar.

Solo uno de los proyectos merecía la pena, sin embargo, hubo empate. Cierta startup que prometía fabricar a mano cierto producto en cierto país desfavorecido, se había colado en la contienda. A la mitad de los jueces no les importó que los costes de producción fueran inviables, que el producto no se diferenciara del de los competidores o que sus ventas hasta la fecha implicaban la ruina.

«Que uno de los que ha votado cada opción intente convencer al resto», dijo alguien. Resulta que debíamos elegir la opción altruista porque es poco atractiva para inversores, algo especialmente preocupante en un proyecto tan arriesgado. Nosotros teníamos el deber moral de ser una excepción en el camino de dificultades que la emprendedora pretendía recorrer.

¿Poco atractivo para inversores?, ¿arriesgado?, ¿difícil? ¡Justo esos son motivos para rechazar una idea! Y eso fue lo que dije cuando pidieron que alguien defendiera al otro proyecto.

No creas que soy un monstruo. Deseo acabar con el hambre en el mundo y que no existan trabajadores explotados, solo que creo que las iniciativas sin ánimo de lucro consiguen lo contrario. Y es que, como ocurre en otros muchos aspectos de la vida, lo que la intuición nos dice que fuciona no es lo que funciona.

Llevar casco cuando vas en bicicleta aumenta el riesgo de lesión, subir los precios puede incrementar las ventas, hacer el transporte público gratuito empeora el tráfico, prohibir un producto hace que la gente lo quiera consumir y ayudar a los desfavorecidos perpetúa su pobreza.

¿Qué hacemos cuando en no-sé-qué país los niños no tienen bolígrafos? Organizamos una colecta de material escolar y se lo enviamos. Así conseguimos que este año una generación vaya a la escuela… e impedimos que esa misma generación se gane la vida cuando acaben sus estudios, pues aniquilamos la posibilidad de que una empresa local se plantee satisfacer la demanda de material escolar, produciendo valor con el que pagar a empleados y proveedores.

Con los proyectos de emprendimiento social es todavía peor. Si los emprendedores sociales ganan concursos porque cuentan con la pena de los jurados, ellos mismos y los demás tendremos una sensación ficticia de su calidad, y depositaremos más confianza y recursos en una empresa que acabará muriendo, arrastrando consigo a parte de la economía local del lugar donde actúan.

Si de verdad quieres el bien de un país ve al país en cuestión y monta la mejor empresa que se te ocurra. Si lo haces bien –y esto ya es una hazaña en un país con malas infraestructuras y mano de obra infracualificada– estarás creando un eslabón de una cadena de riqueza y transmitiendo un conocimiento que producirá más bienestar que mil galas benéficas. Pero si lo haces, hazlo con el objetivo de hacerte rico. Luego dona el dinero si quieres, pero para funcionar, una empresa debe priorizar su beneficios, porque sin ellos, todo lo demás no existirá.

Emprendedor social, por el bien de quienes quieres ayudar, sé más egoísta. Como decía David Thoreau, la mejor forma de ayudar a los demás es no metiéndose en sus asuntos. Incluso aquellos a quienes quieres ayudar te piden que no lo hagas:

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